Me pregunto hasta qué punto podemos llegar a ser honestos con nosotros mismos, y los ideales que defendemos.
El naturalista Jean Dorst, cuya honestidad intelectual, como biólogo y conservacionista nadie puede poner en duda, inicia uno de sus libros más célebres (La force du vivant) comentándonos lo caro que resulta la compra de ostras y otros moluscos de consumo alimenticio "en un puesto de la esquina". Suponemos que se refiere a París, ciudad donde trabajaba.
Este es el mismo autor que, en 1965, escribía el primer y más acabado informe que una sola persona pudiera pergeñar hasta la fecha (Avant que nature meure), sobre el estado de la naturaleza por obra y gracia de la predación humana. En aquel libro, Dorst exponía detalladamente el peligro que implicaba para el hombre moderno el consumo de animales marinos, fruto de la excesiva y cada vez más agravante contaminación de los mares.
Análogo lapsus comete uno de los precursores de la ecología, W. H. Hudson, cuando en The book of a naturalist, condena el asesinato de gansos para consumo alimenticio, pero en las mismas páginas admite que podría comer sin objeción alguna, y hasta con placer, pollos o gallinas.
¿Se puede ser ecologista y a la vez ser carnívoro?
Nuestra conciencia actual nos pone más presión que la que en su momento pudieron enfrentar naturalistas como Dorst o Hudson.
El estado actual de nuestro planeta, en el 2014, nos obliga a considerar seriamente que ser ecologista -ambientalista o conservacionista- implica en lo esencial mantener una dieta vegetariana, no sólo por una cuestión meramente "jurídica", que atañe al derecho de toda criatura a vivir y cohabitar la tierra.
También está puesto en juego el "asunto del medio ambiente": no comer animales incide directamente en una reducción de la huella de carbono, y en hacer disminuir la nefasta maquinaria industrial alimenticia, que ampara la dieta de la mayoría de los humanos.
Nuestro planeta hoy nos exige un grado mayor de coherencia que la que mostraron nuestros antepasados.
Será cuestión de cada uno decidir hasta dónde se puede defender, con argumentos teóricos o acciones, el estado en deterioro de nuestro medio ambiente.
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martes, 14 de enero de 2014
lunes, 30 de diciembre de 2013
Contemplación natural
"Occidente, tal y como hoy se nos presenta a los europeos y americanos, sólo puede sobrevivir a su espíritu autodestructivo y a su naturaleza provocadora y mecanicista, si logra escindirse del clásico paradigma cartesiano, racionalista y técnico, pergeñado por él, y regresa hacia un paradigma de contemplación cosmogónica. Los griegos de la época clásica y los cristianos de la antigüedad y la Edad Media, a diferencia de nosotros- especialistas y científicos-, vivían en un estado de contemplación ante la realidad que hoy parecería absurdo, o imposible de recuperar.
Una óptima medida que podríamos adoptar para iniciar un cambio es comenzar por el origen, es decir, por nuestro entorno natural. Si hay un elemento primario entre todos los demás que el hombre científico y racionalista de nuestra época deterioró con mayor inflexibilidad, ese es nuestro ecosistema: las plantas, los bosques, los ríos, los animales, y los mismos seres humanos. Basta ver lo que era el mundo hace apenas cien años y el estado en que hoy se encuentra, para comprobar que ni el darwinismo biológico ni el progresismo científico han hecho nada para contribuir con sus avances a mejorar el medio ambiente. Todo lo contrario. La vertiginosa desaparición de especies y la destrucción sistemática del planeta no es exclusiva responsabilidad de la comunidad científica, pero sí es tarea de los científicos diseñar las técnicas para que el hombre común y corriente pueda convivir con los otros, y no destruirlos. El sólo ejemplo de la mala utilización- nihilista y aética- de la física nuclear basta para explicar este hecho.
¿Cómo comenzar por la naturaleza? Podríamos iniciar devolviéndole a ella parte del respeto y la generosidad con que nos ha nutrido desde hace millones de años. Devolver a la naturaleza su sentido original y sagrado es una tarea que está al alcance de cualquiera. Contemplar un ave, en vez de cazarla, o diseccionarla y estudiar su aparato digestivo, o reproductor, puede ser un buen comienzo, en un país donde la caza indiscriminada de especies salvajes como el sietevestidos y la reinamora, o en extinción como el cardenal amarillo y el tordo del mismo color, es cosa de todos los días.
Iniciar una labor de contemplación serena hacia los animales y la naturaleza virgen podría ser, acaso, una buena opción para terminar en el hombre y sus circunstancias."
El contemplador (fragm.), Ensayos sobre Hudson, E.A.
Una óptima medida que podríamos adoptar para iniciar un cambio es comenzar por el origen, es decir, por nuestro entorno natural. Si hay un elemento primario entre todos los demás que el hombre científico y racionalista de nuestra época deterioró con mayor inflexibilidad, ese es nuestro ecosistema: las plantas, los bosques, los ríos, los animales, y los mismos seres humanos. Basta ver lo que era el mundo hace apenas cien años y el estado en que hoy se encuentra, para comprobar que ni el darwinismo biológico ni el progresismo científico han hecho nada para contribuir con sus avances a mejorar el medio ambiente. Todo lo contrario. La vertiginosa desaparición de especies y la destrucción sistemática del planeta no es exclusiva responsabilidad de la comunidad científica, pero sí es tarea de los científicos diseñar las técnicas para que el hombre común y corriente pueda convivir con los otros, y no destruirlos. El sólo ejemplo de la mala utilización- nihilista y aética- de la física nuclear basta para explicar este hecho.
¿Cómo comenzar por la naturaleza? Podríamos iniciar devolviéndole a ella parte del respeto y la generosidad con que nos ha nutrido desde hace millones de años. Devolver a la naturaleza su sentido original y sagrado es una tarea que está al alcance de cualquiera. Contemplar un ave, en vez de cazarla, o diseccionarla y estudiar su aparato digestivo, o reproductor, puede ser un buen comienzo, en un país donde la caza indiscriminada de especies salvajes como el sietevestidos y la reinamora, o en extinción como el cardenal amarillo y el tordo del mismo color, es cosa de todos los días.
Iniciar una labor de contemplación serena hacia los animales y la naturaleza virgen podría ser, acaso, una buena opción para terminar en el hombre y sus circunstancias."
El contemplador (fragm.), Ensayos sobre Hudson, E.A.
viernes, 27 de diciembre de 2013
La verdad es el paisaje
"Cuando
oigo a personas que dicen que no han encontrado el mundo y la vida tan
gratas e interesantes como para amarlos, o que miran tranquilamente su
próximo fin, creo que nunca vivieron de verdad. De mí puedo decir que el
embeleso que la Naturaleza me produjo no
se disipó jamás. Esa felicidad no me abandonó nunca, y en las peores
épocas de mi vida en Londres, encerrado, enfermo, pobre, sin amigos,
siempre pude sentir que, a pesar de todo, era infinitamente mejor ser
que no ser."
Guillermo Enrique Hudson
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